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Los problemas de que el niño vea demasiada televisión

El niño se "empacha" de TV para evadirse

Los problemas de que el niño vea demasiada televisión  

Muchos estudios confirman que la exposición durante mucho tiempo a la televisión no es buena,  principalmente, para el desarrollo intelectual.

De hecho, los expertos han constatado que los niños que ven mucho la televisión tienen perores notas en el colegio, comienzan a leer mas tarde, y están mas distraídos, tienen menos interés, son más pasivos y menos participativos en clase.

 

Otros estudios relacionan el ver mucho la televisión con problemas sociales y personales en los niños. En este sentido se ha comprobado que niños que ven mucho la televisión son niños con mayores problemas de relaciones sociales con sus iguales, más inseguros, niños con mayor ansiedad o con mayores dificultades por hacer amistades.

 

     
  Los estudios han confirmado que niños que tienen problemas emocionales en el ámbito familiar -mala relación con los padres, poca compresión con los hermanos, dificultades de comunicación en la familia- tienden a dedicar más tiempo a la televisión que otros niños de su misma edad. En este punto los padres tienen que estar muy atentos para atajar el problema cuando se presenta.   El niño se "empacha" de TV para evadirse
     

 

Parece, por tanto, evidente que existe una marcada correspondencia entre la clase de relaciones sociales que mantiene el niño y la cantidad de televisión que ve. El niño parece recurrir a la televisión como un medio de evadirse de problemas sociales que le agobian, para buscar alivio a su sentimiento de frustración, y para obtener pasivamente ciertas satisfacciones que es incapaz de obtener en sus relaciones personales auténticas. Cuanto más intenso es el conflicto padres-hijos, más televisión ve el niño, más escucha la radio, más películas ve, pero menos revistas y menos libros lee.
 
Por último, dentro del proceso de socialización de nuestros hijos nos queda llamar la atención de los padres sobre el desarrollo moral de los mismos. A partir de los dos años, los niños ya comienzan a darse cuenta de las conductas que son buenas de las que no lo son, puesto que los padres ejercen una labor de corrección de las conductas erróneas mediante la regañina o desaprobación verbal.
 
 

El niño aprende lo que es bueno y malo

 
El niño aprende lo que es bueno y malo   Mediante este sistema al niño va aprendiendo poco a poco lo que está bien y lo que está mal, lo que debe y no debe hacer. El niño va aprendiendo lo que Piaget denominó moral heterómana, es decir, la moral que consiste en la obediencia a ciegas a la autoridad de los padres que son los que determinan las normas que el niño tiene que seguir. Posteriormente el niño irá adquiriendo su propia moral autónoma que es la que desarrollará y aprenderá con sus iguales en la escuela y desarrollará posteriormente a lo largo de toda su vida.

Hasta los seis años, el niño no adquirirá conciencia de este tipo de pensamiento moral, etapa en la que el niño ya tiene conciencia de lo que es la verdad y la mentira, en toda su extensión conceptual y lo mismo será para el concepto de justicia social. En esta etapa el niño va a adquirir una serie de juicios, valores u opiniones a lo largo de su proceso evolutivo, que son universales.

Es decir, el niño sabrá que una conducta es buena, no porque aprenda que dicha conducta es correcta en un entorno determinado, y por tanto buena, sino porque es objetiva y universalmente buena. Un paso adelante en el desarrollo del pensamiento moral del niño se logrará mediante el proceso de interiorización de normas y prohibiciones sociales.
     
 
     
  Los padres tienen que saber que un buen desarrollo social de sus hijos va a favorecer un buen desarrollo cerebral de estructuras relacionadas con el crecimiento cognitivo, emocional y con los procesos de inhibición y de funciones ejecutivas tan importantes en la adaptación del niño. Por otro lado diferentes estudios justifican como la soledad disminuye redes neuronales necesarias para la adaptación social mientras que la interacción social y la ayuda a los demás tiene efectos gratificantes y estimula áreas de recompensa cerebrales.  
     
 
 
En un reciente estudio llevado a cabo con mujeres a las que se dejó o prohibió ayudar a sus parejas mientras ellos recibían descargas eléctricas, se comprobó que cuando las mujeres ayudaban al ser querido, las áreas cerebrales vinculadas con la recompensa se activaban mientras que cuando no lo hacían, esas mismas regiones reducían su actividad. En esta línea hay autores que consideran que ayudar a las personas que están cerca, ya sean miembros de la familia o hijos, puede aumentar su probabilidad de supervivencia, puesto que ayudar a los demás es algo psicológicamente tan gratificante que puede asegurar que este comportamiento persista.

 

 

Los amigos en Facebook estimulan el cerebro

   
Un interesante estudio que apoya la importancia de la socialización en el desarrollo cerebral concluye que cuando la gente tiene un gran número de amigos en Facebook, ciertas regiones del cerebro son más grandes que los que tienen pocos amigos en la misma red social. Las regiones implicadas son el surco temporal superior y la circunvolución temporal media, que procesan e interpretan señales básicas sociales; así como la corteza entorrinal, que empareja nombres y caras, y la amígdala, que ayuda a reconocer las expresiones faciales emocionales.

Ahondando más en el tema, otras investigaciones con insectos demuestran que el comportamiento social influye en el desarrollo del cerebro de los insectos y el tipo de tarea social que desempeñan también cambia el propio desarrollo cerebral. ¿De qué forma? Las avispas reinas presentan cerebros mucho más desarrollados que las obreras, lo que implicaría que tareas más complejas demandan un desarrollo cerebral distinto. Si extrapolamos esto al niño, veremos que los niños que se desarrollan en ambientes sociales muy complejos adquirirán un mayor desarrollo de su cerebro social.
   

 

   

El entorno marca el desarrollo cerebral

   
Estudios relacionados con niños demuestran que el desarrollo cerebral y biológico durante los primeros años de vida depende en gran medida del entorno social donde el niño se desenvuelve. Cuanto más estimulante sea el entorno en la primera infancia, mayor será el desarrollo cerebral del niño. Los niños que pasen su primera infancia en un entorno menos estimulante, o menos acogedor emocional y físicamente, verán afectados su desarrollo cerebral y sufrirán retrasos cognitivos, sociales y de comportamiento.

Por último, diferentes estudios llevados a cabo a través de electroencefalograma demuestran que existen circuitos neuronales específicos, ya en la etapa de preescolar, que se especializan en tareas sociales y que los cambios madurativos cerebrales de dichas áreas están directamente relacionados con las habilidades de los niños a pensar acerca de su mundo social en formas cada vez más complejas.
 
 
Tomas Ortiz Alonso. Catedrático-Director del Departamento de Psiquiatría y Psicología Médica.
Facultad de Medicina. Universidad Complutense de Madrid